Trabajo en
un hostel.
En Paris.
En “el 1er mundo”, como le gusta llamar a la mayoría de mis compatriotas con los que me toca interactuar cada vez que trabajo.
La gran mayoría se queda fascinado con cosas que forman parte de la cotidianidad del lugar, parte de lo común, lo “normal”.
Y lo entiendo.
Es normal sentir esa sensación enceguecedora que no permite ver las fisuras y solo quedarse con lo mágico, con lo que creemos que es un mundo perfecto.
O por lo menos muchísimo mejor al nuestro.
Porque nosotros no estamos para esto, claro. Estamos a años luz. Esto en Argentina es imposible. Lo que pasa es que acá la gente no roba. No como en Argentina. Aparte acá la policía hace lo que tiene que hacer. Acá si robas vas preso viejo, no hay tutía. Acá si el tren llega media hora tarde te devuelven el dinero, ESO EN ARGENTINA NO EXIIISTE. Imposible.
Acá las cosas funcionan, allá no.
Acá todo es maravilloso, allá –aparentemente- es una mierda.
Los otros días hasta me dijeron que “la gente que vive en las calles es mucho más limpia acá que allá. Allá te dan miedo, acá no te dan esa sensación. Están limpios”.
Limpios.
¡¡¡Pero no os preocupéis, porque llegó el Cambio en Argentina!!!
-¿Cambio de qué?
-De dirección, claro. En el camino en el que andábamos antes el único destino era ser como Venezuela. Ahora estamos orientados hacia nuestro verdadero destino.
-Que bueno, ¿y hacia dónde es que no lo veo?
-Allá... al final del túnel.
Siento con mucha pena, lastima e impotencia que hay una parte de mis compatricios que querrían ser adoptados por mamá Europa y papá Estados Unidos, y finalmente renunciar a cualquier legado que nos pueda unir a nuestros hermanos latinoamericanos.
Renegar de nuestra historia, nuestra cultura, nuestras condiciones (que nos son propias solo a nosotros) tiene una clara consecuencia.
Mientras se los siga mirando con ojos hipnotizados creyendo que tenemos un pie allá y otro acá, esperando inocentemente que ellos nos van a tender la mano para que podamos cruzar el charco -desconociendo con la misma ingenuidad que lo que para nosotros es un charquito, para otros es una división que permite rápidamente identificar qué rol ocupamos en este gran sistema mundial- seguiremos sintiéndonos huérfanos en esta gran familia de países que está más cerca de aquella de El Padrino que a la de La Familia Ingalls.
Mientras siga siendo de esta manera estamos condenados a sentirnos ajenos a cuestiones que nos tocan de mucho más cerca de lo que creemos, como la causa Mapuche.
Estamos condenados a Santiago Maldonado.
Condenados a repetir.
A volver a cometer errores que nuestros padres cometieron algunos años atrás, estamos condenados a Cambiar.
Cambiar, y Cambiar y Cambiar.
Entonces la pregunta es ¿Cómo hacer para que se tome conciencia de esta desgracia?
En “el 1er mundo”, como le gusta llamar a la mayoría de mis compatriotas con los que me toca interactuar cada vez que trabajo.
La gran mayoría se queda fascinado con cosas que forman parte de la cotidianidad del lugar, parte de lo común, lo “normal”.
Y lo entiendo.
Es normal sentir esa sensación enceguecedora que no permite ver las fisuras y solo quedarse con lo mágico, con lo que creemos que es un mundo perfecto.
O por lo menos muchísimo mejor al nuestro.
Porque nosotros no estamos para esto, claro. Estamos a años luz. Esto en Argentina es imposible. Lo que pasa es que acá la gente no roba. No como en Argentina. Aparte acá la policía hace lo que tiene que hacer. Acá si robas vas preso viejo, no hay tutía. Acá si el tren llega media hora tarde te devuelven el dinero, ESO EN ARGENTINA NO EXIIISTE. Imposible.
Acá las cosas funcionan, allá no.
Acá todo es maravilloso, allá –aparentemente- es una mierda.
Los otros días hasta me dijeron que “la gente que vive en las calles es mucho más limpia acá que allá. Allá te dan miedo, acá no te dan esa sensación. Están limpios”.
Limpios.
¡¡¡Pero no os preocupéis, porque llegó el Cambio en Argentina!!!
-¿Cambio de qué?
-De dirección, claro. En el camino en el que andábamos antes el único destino era ser como Venezuela. Ahora estamos orientados hacia nuestro verdadero destino.
-Que bueno, ¿y hacia dónde es que no lo veo?
-Allá... al final del túnel.
Siento con mucha pena, lastima e impotencia que hay una parte de mis compatricios que querrían ser adoptados por mamá Europa y papá Estados Unidos, y finalmente renunciar a cualquier legado que nos pueda unir a nuestros hermanos latinoamericanos.
Renegar de nuestra historia, nuestra cultura, nuestras condiciones (que nos son propias solo a nosotros) tiene una clara consecuencia.
Mientras se los siga mirando con ojos hipnotizados creyendo que tenemos un pie allá y otro acá, esperando inocentemente que ellos nos van a tender la mano para que podamos cruzar el charco -desconociendo con la misma ingenuidad que lo que para nosotros es un charquito, para otros es una división que permite rápidamente identificar qué rol ocupamos en este gran sistema mundial- seguiremos sintiéndonos huérfanos en esta gran familia de países que está más cerca de aquella de El Padrino que a la de La Familia Ingalls.
Mientras siga siendo de esta manera estamos condenados a sentirnos ajenos a cuestiones que nos tocan de mucho más cerca de lo que creemos, como la causa Mapuche.
Estamos condenados a Santiago Maldonado.
Condenados a repetir.
A volver a cometer errores que nuestros padres cometieron algunos años atrás, estamos condenados a Cambiar.
Cambiar, y Cambiar y Cambiar.
Entonces la pregunta es ¿Cómo hacer para que se tome conciencia de esta desgracia?
No hay comentarios:
Publicar un comentario